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Tienda de pesca submarina

Autora: Emili Junyent

El hombre y el mar

La pesca submarina tal y como hoy la entendemos es ciertamente una práctica deportiva joven, con poco más de medio siglo de vida, pero sus orígenes se confunden con los de la historia de las actividades subacuáticas. La relación entre el mar y los seres humanos es tan antigua como la propia historia de la humanidad. La fascinación ejercida por ese inmenso mundo sumergido, mezcla de temor y curiosidad, ha sido descrita, racionalizando unos sentimientos siempre apasionados hacia el gran azul, como una atávica «llamada de las profundidades», una inconsciente voluntad de retorno a los orígenes evolutivos de nuestra especie. Jacques Mayol construyó hace años en esta línea una hermosa mentira: homo delphinus; una teoría evolutiva según la cual una etapa acuática habría precedido a nuestros primeros pasos erguidos sobre la tierra (MAYOL 1986).

Nada más alejado de la realidad. La ciencia no ha probado nada parecido y si sabemos, en cambio, que los primates y los primeros homínidos profesaron un miedo atávico al agua y que las barreras hídricas, lagos, ríos y por supuesto mares, desempeñaron un papel decisivo en la distribución africana de gorilas, chimpancés y homínidos y en la colonización del gran continente euroasiático por parte de los primeros homo desde el Este Africano. Y la historia real no fue menos hermosa. El ser humano hubo de aprender a dominar su miedo y a conocer el mar, para primero comenzar a aprovechar sus recursos, después navegar sus aguas y más tarde agudizar el ingenio para penetrarlo. La conquista del mar por hombres y mujeres constituyó un evidente hecho cultural, ligado al desarrollo de la sociedad, y necesitó tiempo, tesón e innumerables sacrificios para superar un medio extraño y peligroso.

Los cazadores-recolectores ante-neandertal del Paleolítico Inferior, descubridores del primer fuego europeo, que vivían hace mas de 400.000 años en Terra Amata (Niza), utilizaban recursos marinos y consumían ocasionalmente doradas; y al menos desde el Paleolítico Medio nuestros antepasados pescaban, es decir atrapaban peces sirviéndose de arpones y anzuelos. Desde entonces se recolectan mariscos y crustáceos para comer o hacer collares y adornos y se aprovechan las mareas. Y aún hubieron de transcurrir milenios para que las primeras embarcaciones surcaran sus aguas durante el Neolítico.

Sumergirse en el mar constituyó un reto insuperable hasta que se desarrollaron las primeras civilizaciones históricas y el ser humano comenzó a plantearse como dominarlo o, al menos, penetrarlo. Y lo hizo de tres maneras: soñando, utilizando sus propios y limitados recursos físicos e inventando artilugios.

Pensando, dando rienda suelta a la imaginación, convertía sus deseos en realidades imaginarias, fábulas y leyendas, y realizaba sus sueños a través de personajes mitológicos, mitad humanos y mitad peces, dioses y diosas, tritones y nereidas que habitaban en sus profundidades. La mitología griega constituye un muestrario precioso del que retendremos a Glaucos, divinidad marina que había sido un pobre pescador en Beocia. 

Un día, después de dejar la pesca sobre la hierba, observó como los peces recobraban vigor y movimiento y volvían al agua; él también comió la hierba mágica y se lanzó al mar, donde Tetis y las Nereidas le acogieron, haciéndole inmortal.  Zambulléndose en apnea como nos relatan los textos homéricos atribuidos al siglo VIII a.C. o prueba indirectamente la mención por Hipócrates del uso medicinal de esponjas en el IV a.C. 

Inventando instrumentos como los odres llenos de aire, auténticos pulmones artificiales, representados en los relieves asirios y en pinturas egipcias o el tubo, usado por Cyana, hija de Scyllas, para acercarse sin ser vista a la flota persa y cortar las amarras de las embarcaciones (480 a.C.) o descrito por Aristóteles, que en el siglo IV a.C. reflexionaba también sobre la campana de aire, el efecto de la presión sobre el oído y el uso del aceite. 

Las motivaciones que han empujado a lo largo de la historia a hombres y mujeres a la conquista del mar son diversas. No sólo la necesidad o el hambre, usos militares o la recuperación de tesoros han constituido estímulos; también la curiosidad o el afán lúdico, la búsqueda de placer, han sido un acicate al ingenio humano.

A los ejemplos mencionados del uso militar de submarinistas en apnea o provistos de tubo, pueden añadirse otros como el relatado por Tucídides referido al sitio de Siracusa (413 a.C.) y la expugnación de las defensas de su puerto, el de los macedonios contra Tiro (332 a.C.) y el curioso caso narrado por Lucano, quien explica en la Pharsalia, los feroces combates marítimos entre pompeyanos y cesarianos en el cerco de Marsella (48 a.C.), en los que sobresalía un temible guerrero cuya capacidad de apnea le permitía ahogar en mortal abrazo a cuantos enemigos conseguía arrojar al agua. Una serie interminable de ejemplos nos llevaría a los hombres-rana de combate de la Segunda Guerra Mundial.

Los casos en los que la innovaciones se vinculan a la recuperación de tesoros son tan o más conocidos. Ya en época romana, esta actividad había llegado a un grado tal de desarrollo que se encontraba profesionalizada y reglada por leyes que fijaban recompensas en relación con la profundidad y el riesgo. Estos especialistas llamados urinatores utilizaban piedras como lastre y, según nos explica Plinio en su «Historia Natural», se sumergían con una esponja en la boca, empapada en aceite que una vez en el fondo expulsaban lentamente comprimiéndola; conseguían de esta forma mejorar la visibilidad, gracias a que el índice refractor del aceite en el agua es semejante al del ojo humano.

También el mítico buceador y nadador Nicolás, apodado El Pez, citado por Cervantes en el Quijote, se dedicaba entre otras a esta actividad. Pero quizás el episodio más célebre y aún inacabado sea el de la recuperación de los galeones españoles hundidos en la Ruta de la Plata a lo largo de los siglos XVI y XVII.

Unidas a la condición humana, la sed de aventura o la simple curiosidad han constituido siempre un estímulo capaz de hacernos asumir riesgos y percibir como un desafío lo desconocido. Una antigua leyenda lo explica a la perfección: se cuenta que Alejandro Magno, dominador del mundo y hastiado de todo por conocido, entendió el mar como un último reto y se hizo construir una campana de vidrio para sumergirse en él. 

Estas primeras invenciones inician un largo camino jalonado por innumerables descubrimientos y mejoras técnicas (escafandra de Borelli, campana de Haley, escafandra de Klingert, etc.) destinadas a prolongar el tiempo de permanencia bajo el agua hasta alcanzar a los submarinos robotizados usados en la exploración del Titánic a casi cinco mil metros de profundidad o los ya populares «scooter» subacuático. Todos ellos, y muchísimos más, forman parte de la aventura subacuática pero nos alejan de la historia de la pesca submarina practicada en apnea.

Retendremos por enorme trascendencia uno más, el auto regulador y la escafandra autónoma de Cousteau-Gagnan (1943). Por su sencillez y fácil manejo, ha tenido un impacto enorme y con su popularización la aventura submarina se desdobla definitivamente: por un lado, el escafandrismo, inmersiones profundas y larga duración con la ayuda artificial y, por otro, la apnea, inmersiones cortas pero seguidas, optimizando los recursos del propio cuerpo. 

La apnea

La apnea, como el lector sabe, consiste en practicar la inmersión reteniendo voluntariamente la respiración, en bucear sin la ayuda de ningún artilugio, explotando tan sólo nuestras posibilidades psico-fisiológicas. Pesca submarina y apnea tienen un origen común y están profundamente unidas; y no solo porque si la primera es el objetivo, la segunda es el medio para conseguirlo. 

La apnea determina totalmente la acción del pescador y ambas comparten toda una filosofía de integración en el medio y de autoconocimiento. La apnea o buceo libre es la forma más natural de sumergirse en el gran azul, tan fascinante como sobrecogedora, pero también la más exigente, física y psíquicamente. Para disfrutar en apnea, sentir placer en un medio extraño y potencialmente hostil, la mente ha de ser tan libre como el cuerpo, la relajación y la acuaticidad, capacidades adquiridas a través de largo entrenamiento, han de anular la sensación de esfuerzo.

Históricamente la apnea surge de manera espontánea en mares de aguas cálidas, situadas entre los 20 y los 40 grados de latitud norte, Mediterráneo, Golfo Pérsico, Mar Amarillo, etc. Como hemos visto se practica para obtener alimentos o adornos desde los tiempos más remotos. Hoy en día, la pesca profesional de coral, ostras perlíferas o esponjas ha desaparecido o es extremadamente residual, desplazada por la escafandra autónoma. Por ello es obligado recordar a los ama, comunidades de buceadores del sur de Corea y Japón, que siguen practicando, principalmente en la isla de Cheju, una actividad documentada desde hace, al menos, veinticinco siglos. 

Antes hombres y mujeres, en la actualidad tan solo ellas, realizan tres modalidades de inmersión según la profundidad, edad y experiencia, recolectando ostras, conchas, algas comestibles, holoturias, etc. No resignadas a la condición de fósiles vivientes, estas últimas profesionales de la apnea han adoptado el neopreno y van siendo atraídas hacia actividades menos duras y mejor retribuidas.

En nuestro mundo moderno e industrializado la apnea renace como una actividad lúdica asociada a la pesca submarina y, en la actualidad, su práctica se ha consolidado autónomamente como buceo libre y se ha abierto a otras actividades como la fotografía, el hockeysub o el tiro sobre diana. A fines de los años 80, el film el «Grand Bleu» actuó con un eficaz catalizador. Estos últimos años, aupada por marcas comerciales y medios de comunicación, conoce un boom sin precedentes en Italia y Francia en su expresión competitiva, en una gran variedad de modalidades: apnea estática, record de la hora, apnea dinámica, velocidad con y sin aletas, en piscina, en mar, en lago, diferentes tipos de descenso profundo, etc. 

En 1996 tuvo lugar en Saint-Jean-Cap-Ferrat, en las cercanías de Niza, el Primer Campeonato del Mundo de Apnea (AIDA) y el tercero se ha celebrado en octubre de 2001 en Eivissa. Una preparación física rigurosa y técnicas de relajación y respiración como el pranayama o el training autógeno, que han desplazado a la hiperventilación, explican las actuales marcas. Pese a la negativa de la CMAS a homologar los records de apnea profunda (tan solo acepta el peso constante), con la cobertura de la FIPS y aupada por AIDA, estos caen a un ritmo escalofriante, punteado por graves accidentes como los sufridos por Makula, Messegué, Oliva y Isoardi, éste último mortal. 

Mayol y Maiorca son ya nombres para la prehistoria y los paladines -ellos y ellas- de los años 90 Francisco Pipin (peso variable sin límites 133 m.), Umberto Pelizzari (peso variable F.I.P.S. 110 m.), Alejandro Ravelo (peso constante 76 m.), Jorge Mario Garcia (libre, 67 m.), Deborah Andollo (peso constante femenino, 62 m. y libre femenino 60 m.), Ángela Bandini (peso variable sin límites femenino 107 m.) y Andy le Sauce (apnea estática, 7′ 35»), dejan paso con el siglo a nuevas hornadas. 

La pesca submarina: Un origen incierto y disputado

Aceptada la universalidad y la espontaneidad de la pesca submarina allí donde las aguas claras y cristalinas invitaban a sumergirse, se entenderá que resulte difícil fijar en un lugar y un momento su nacimiento; incluso refiriéndonos, más concretamente, al Mediterráneo y a la pesca submarina moderna, las dificultades son considerables. Su historia no ha sido afrontada con rigor y los datos hay que entresacarlos de relatos, manuales y revistas de divulgación, boletines de clubs, archivos de las federaciones, hemerotecas y de la memoria oral aún viva de los pescadores más veteranos. 

A inicios de los años treinta, las nuevas dimensiones del ocio orientan a la sociedad hacia la naturaleza y el mar. En la Francia mediterránea se escriben algunas de las primeras y más brillantes páginas de la pesca submarina. El polinesio Canaldo y sus amigos pescaban en las costas marsellesas provistos de jabalinas con tridente, gafas binoculares, en slip y con los pies desnudos, a lo sumo con sandalias. El norteamericano Guy Gilpatric, escritor y periodista, se zambullía en aguas del cabo de Antibes con su lanza-arpón, tapones en los oídos y pinza en la nariz, siguiendo una técnica desarrollada instintivamente pero que se ajustaba a la seguida desde tiempos inmemoriales por buceadores del Pacífico: una vez descubierta la pieza, él y su lanza se ponían en posición vertical, con un enérgico manotazo se ayudaba a emerger del agua hasta la cintura al tiempo que inspiraba, inmediatamente vaciaba los pulmones y se hundía, aprovechando la pérdida de flotabilidad y el peso de su cuerpo con los pies por delante, para una vez sumergido dirigirse hacia la presa ya cabeza abajo. 

En la misma época, en la Costa Azul, el Dr. Raymond Pulvénis, utilizaba un resorte montado en una bomba de bicicleta para lanzar sus arpones. Cavalero capturaba en 1936 su primer pez, una lisa, equipado con lanzaarpón y gafas de bambú y concha de tortuga traídas del Pacífico. Tras ellos, Piroux, Doukan, Vezia, Beuchat, Isy-Schwart, Hass, Tailliez y, solo un poco más tarde, Dumas, Cousteau… 

Son los tiempos heroicos, protagonizados por auténticos pioneros, inventores y artesanos de sus propios equipos, muy lejos esta por llegar la tienda de pesca submarina donde poder conseguir todo el material. Estos valientes pescan en condiciones sumamente precarias y desafiando al frío entre 10 y 13 metros; se desconoce algo tan sencillo hoy para nosotros como la maniobra de Valsalva, mediante la cual liberamos las trompas de Eustaquio, insuflando aire en la cavidad bucal con la nariz pinzada. Por ello, a comienzos de los años cuarenta es noticia excepcional que alguien se sumerja cotas algo más profundas y el título del film «Par dixhuit mètres de fond» (1942), con Frédéric Dumas como protagonista, destinado a asombrar al público, es suficientemente indicativo de que esas profundidades eran consideradas como poco menos que abisales. 

Miles de iniciativas y anécdotas jalonan esta primera etapa, que verá además durante esta década y la siguiente, con el trágico paréntesis de la Segunda Guerra Mundial, los primeros reglamentos y competiciones, el nacimiento de la vida asociativa, la aparición de los primeros artículos comercializado y la publicación de la primera obra técnica firmada por el Dr. Pulvénis (1940). Todo apuntaba a la rápida y espectacular consolidación de una práctica deportiva que gozaba cada vez de mayor aceptación popular y atraía también la curiosidad de intelectuales como Jean Cocteau o Salvador Dalí.

Arqueología de la pesca submarina

Alain Lecompte se preguntaba en un interesante artículo publicado hace años en la revista Apnea, qué erudito es hoy capaz de afirmar quién inventó qué y cuándo, sin correr el riesgo de que se le planteen inmediatas objeciones. Tampoco nosotros vamos a intentar exhaustivamente dar a cada uno lo suyo, pero nos atreveremos a seleccionar unas referencias para esta arqueología de la pesca submarina aún no escrita y recuperar el origen de los principales elementos del equipo del pescador. 

La principal y más evidente lección de esta reseña, podemos adelantarla, reside en la capacidad de innovación, adaptación y cambio demostrada por nuestros predecesores. En las antípodas del conformismo y de la rutina, desde la invención y fabricación personal de los pioneros hasta el «bricolaje» y las innovaciones de los pescadores actuales, la inteligencia y el ingenio han ido respondiendo a las nuevas necesidades, dictadas por una pesca cada vez más difícil y exigente. 

Las características de los viejos equipos se ven reflejadas en los primeros manuales, Pulvénis, Devaux, Doukan, Bazal…, pero demostraciones y presentaciones ante los medios de comunicación habían comenzado a familiarizar al público con las actividades y el material usado. Así, por ejemplo, en el acto de constitución de la «Société Sportive de Peche à la Nage”, fundada en Niza en 1939, Philippe Tailliez presentaba el equipo básico: máscara de cámara de aire, aletas De Corlieu y fusil Neptuno de su propia invención.

Veamos las características y evolución de los elementos más significativos que podemos encontrar en cualquier tienda de pesca submarina del momento. 

Fusil de pesca submarina

La jabalina-arpón inicial presentaba claros inconvenientes: debía proyectarse con la única fuerza muscular del brazo y el lanzamiento resultaba corto y desesperadamente lento. El pez podía poner agua por medio y, si era alcanzado, tenía oportunidades de desprenderse y huir aunque malherido. Rápidamente hubo que imaginar ingenios que proyectaran mecánicamente una flecha y que estuviesen concebidos de tal forma que el pez atravesado no pudiese desembarazarse de ella. Así nacieron primero los arcos y ballestas propulsadas por gomas. Estos sencillos artilugios no existían inicialmente en el mercado y cada pescador debía fabricarlos amorosa y artesanalmente. 

El ritmo trepidante de las innovaciones técnicas en los equipos de pesca se pone especialmente de manifiesto siguiendo la evolución de los fusiles. Puede afirmarse que en un par de décadas se inventó todo lo inventable y que a partir de ahí tan solo cabrá perfeccionar los sistemas: aire comprimido, pólvora, resorte, gomas… El Comandante Le Prieur, el genial inventor autor de importantes aportaciones al desarrollo de la caja estanca para cámara de cine Kodak, de la máscara facial y del autor espirador, a finales de los años veinte trabajaba en un fusil de aire comprimido que acabaría siendo el Nautilus y en 1937 presentaba un fusil a pólvora que sería rápidamente prohibido por una circular ministerial en 1941, la primera normativa sobre pesca submarina de la que tenemos noticia. 

Pulvénis había experimentado como hemos dicho con un mecanismo propulsor de resorte; esta idea se desarrolló en el fusil llamado Waterless, formado por un tubo, en el que el gatillo se accionaba con el pulgar presionando de arriba abajo. Su manejo era bastante incómodo, no se podía cargar en el agua y se disparaba sólo con preocupante facilidad; además, el cañón debía estar siempre orientado hacia abajo para evitar la penetración del agua, lo cual restaba movilidad al pescador. 

A inicios de los cuarenta la mayoría de los fusiles incorporan empuñadura de pistola y podían cargarse en el agua y sin necesidad de apoyarlos en una roca, reteniendo la culata con el empeine o el talón del pié y presionando sobre la punta con ayuda de un cargador. El más famoso de todos ellos es el llamado «fusil americano», cuya invención y sucesivas mejoras van asociadas a Kramarenko desde 1937; constaba básicamente de un tubo conteniendo el resorte, de la culata, gatillo y mecanismo de disparo, de carrete y del arpón. En esta línea se comercializó el Fusido -el primer prototipo era de 1935- que incorporaba un destornillador y un pequeño cuchillo, y el Douglas, puesto a punto por Maxime Forjot en 1943 a partir de un modelo suyo de 1938; éste último añadía un soporte anatómico desmontable de apoyo en el antebrazo. La idea se incorporó igualmente al Sagittaire de resorte con sobrecompesor a palanca (1950). 

A inicios de los años cincuenta existe una gran variedad de modelos en cualquier tienda de pesca submarina que van desde el ligero y súper pequeño Simplex a los tres metros del Siluro de Cressi o los cuatro kilos y medio del Comet Galeazzi impulsado por CO2; resulta más curioso aún el Mordem (1955) con cartuchos de pólvora, prohibido tras causar varios accidentes a sus atrevidos usuarios. 

Tradicionalmente, se considera a los tahitianos como inventores del fusil de gomas. En Europa, es a mediados de los años 30 cuando se añade al arpón la propulsión por gomas. En seguida se comercializaron varios tipos, entre ellos los que respondían a los nombres de Tarzán y Neptuno. No se trata propiamente de un fusil. Se componía de tres tubos sucesivamente enroscados y, también fijos, del arpón. Hacia la mitad del tercer tubo existía un reborde donde se enganchaba el mecanismo situado en la empuñadura que actuaba como gatillo.

Al disparar, liberada la tensión de las gomas, el conjunto se deslizaba por el interior de la empuñadura hacia el blanco. Medía dos metros o más y estaba construido con duraluminio, lo que le hacía ligero e inoxidable. Poco preciso y de difícil manejo debido a sus dimensiones, presentaba, además, un grave inconveniente que hacía imposible la captura de piezas de un determinado tamaño, puesto que al quedar la presa fijada al arpón y constituir éste un todo con el propulsor, era muy frecuente que, debatiéndose, se desgarrara y escapara. Pese a todo ello, era sencillo e insumergible, cualidades que le hicieron tener éxito durante unos cuantos años. A. Travé, mediada la década de los cuarenta, lo recomendaba para pescar en superficie y, especialmente, a señoritas y principiantes. Las primeras ballestas con elásticos de caucho (arbalète à sandows) fueron comercializadas por Beuchat, el modelo Tarzán en 1938, y unos años después por Cavalero. El Hurricane (1950) presentaba un curioso tensor con poleas y lanzaba arpones de 8 mm. 

En España, desde 1946, Nemrod Industrias Vilarrubís lanza sus fusiles cortos y largos con sobre compresor con tubos de duraluminio y de latón que se podía adquirir en cualquier tienda de pesca submarina; en 1950 tiene en el mercado fusiles de elásticos, Catapulta -la propaganda garantizaba a bombo y platillo una autonomía de tiro de dos metros- y Tarzán, de dos y cuatro gomas, y de muelle e incorpora en 1953 sus modelos de aire comprimido, Almirante y Comodoro, algo más tarde, los Crucero, Fragata y Corbeta (1956) y después la serie Silver: Corsario, Bucanero y Comando, mejorando respectivamente los anteriores (1965). Nemrod y Copino con el Ciento Uno y siguientes, conseguirán con su espléndida oferta el máximo prestigio para los fusiles de aire comprimido españoles durante los años sesenta. 

En desfavorable competencia con los fusiles de resorte y los neumáticos a lo largo de los años 40, 50 y 60, la propulsión mediante gomas estaba con el tiempo destinada al éxito. En la actualidad, su aceptación es ampliamente mayoritaria en Francia y España mientras que en Italia, inclinada a favor de la propulsión oleo neumática, grandes marcas como Cressisub y Omer fabrican desde hace años fusiles de gomas, más rápidos y silenciosos. 

Hoy en día, los mal llamados fusiles -en realidad son ballestas- son sencillos y precisos, incorporan el concepto del casete para el mecanismo, introducido por Marc Valentin a comienzos de los ochenta, montan elásticos nerviosos y potentes tipo «sandow» con bola de bloqueo, obuses articulados, tahitianas ligeras y resistentes y carretes que permiten capturar grandes piezas, evitar desgarros tras un tiro poco preciso, señalizar una buena piedra o recuperar sin esfuerzo el propio fusil. A todo ello se añaden pequeñas novedades (desenrocador, cargador, etc.), el diseño y los nuevos materiales en liza, que consiguen efectos anti ruido y de camuflaje, y formas cada vez más hidrodinámicas. 

El grado de perfeccionamiento y eficacia alcanzados se combinan con la simplicidad de mecanismo y manejo, de manera que resulta muy difícil introducir mejoras substanciales. Un buen ejemplo son los renovados e infructuosos intentos de fabricar el fusil de dos varillas. Squale fue el primero en 1955, después en los años 70 Maurice Bérenger, Jean-Marie Berger y Marc Valentin volvieron a intentarlo y recientemente, en 1997, Juan Pedro Nevoret por un lado y Carlos Martínez y Eduardo Cuevas (Aquaproline) por otro presentaron los penúltimos prototipos.

La firma Picasso con su campeón Pepe Viña, el cual posee una tienda de pesca submarina, ha hecho el último intento. Está por ver si la ventaja de tener una segunda oportunidad ante una lubina, entre sorprendida e insolente ante nuestro error, compensará la pérdida de manejabilidad y, sobretodo, de tiempo que provocan los inevitables enredos entre los hilos de las dos tahitianas. En cuanto a los fusiles neumáticos, no puede decirse que hayan dado por perdida la batalla y los más recientes, como el Cyrano de Mares, pretenden competir con los de gomas en potencia, silenciosidad y rapidez y lanzan flechas de 7mm, tipo tahitiana. 

Máscara de pesca submarina

Conseguir la mejor visión posible bajo el agua ha sido un requisito fundamental para una penetración eficaz. Al principio, los pioneros artesanos experimentaron sobre los modelos conocidos, las sencillas gafas binoculares de los buceadores polinesios y otros pueblos del Pacífico, construidas con madera y finas láminas de carey transparente obtenidas de concha de tortuga; en realidad, tipos similares venían siendo usadas por los recolectores de coral rojo en el Mediterráneo desde el siglo XVII. Gilpatrik intentó impermeabilizar gafas de aviador en 1929. Las gafas binoculares tipo Fernez, comercializadas en Francia desde 1936, al dejar la nariz libre, obligaban a utilizar unas pinzas nasales y no resolvían el problema de la presión cuando el descenso era un poco profundo. 

Kramarenko, en 1932 experimentó sobre ejemplares que había visto en el Japón, hasta que encontró la respuesta al problema de visión originado por los diferentes planos de los vidrios en el uso de uno solo para los dos ojos pero sin cubrir la nariz. Pero el tipo «monogoggles» tampoco era la solución. El problema más grave residía en la presión, en el efecto de succión sobre los ojos, y en el desconocimiento de la maniobra de compensación insuflando aire a través de la nariz. Le Prieur había experimentado sin demasiado éxito sobre la máscara facial. Según R. Devaux, antes de la guerra, el Dr. Pulvénis había construido unas gafas de ojo único, con tubo por fuera, provistas de unas peras compensadoras de caucho, que al ser comprimidas por la presión enviaban aire al interior de la máscara y evitaban el efecto ventosa, sistema que ya había adaptado a las suyas Kramarenko. En cambio, G. Doukan la atribuye a Jacques O’Marchal, que las habría utilizado por vez primera en 1927 y presentado en el Salón Náutico Internacional de 1933. Quizás las primeras gafas de un solo vidrio, que abarcaban los ojos y la nariz, permitiendo insuflar aire por esta y compensar así la presión, fueran las construidas por Tailliez en 1938.

Resuelto el problema de la compensación, desaparecen las famosas peras y hasta fines de los años setenta dominan las máscaras faciales de un vidrio único ovalado; actualmente, las «casseroles» como les llaman los franceses han sido arrinconadas por las exigencias de la pesca profunda, pero conservan adeptos prestigiosos como J.B. Esclapez en poca agua por su gran campo visual. La evolución última de las gafas que puedes encontrar en la cualquier tienda de pesca submarina, ha venido marcada por la primacía de las binoculares, la incorporación de nuevos materiales y la búsqueda del menor volumen interno, para adaptarlas a la pesca profunda, conservando el mayor campo de visión posible.

Aletas de pesca submarina

Leonardo de Vinci a inicios del siglo XVI ya había soñado dibujando el uso de calzado y guantes palmeados, pero en realidad, la invención de las aletas modernas es mucho más reciente y se atribuye al Comandante Louis de Corlieu en 1929. Las aletas propulsoras de caoutchouc, llamadas «swimmings», se comercializaron a partir de 1933, después de realizar demostraciones ante la marina francesa, y Owen Churchill las difundió en EEUU, mejorándolas tras pruebas efectuadas con la colaboración, entre otros campeones de natación, del mítico Johnny Weissmuller. Su rápido perfeccionamiento y éxito tuvo que ver también con el uso militar, al igual que la escafandra y las embarcaciones neumáticas. 

G. Doukan no incluye -curiosamente- en su manual las aletas en el equipo del pescador, aún cuando se refiere pormenorizadamente a fusil, gafas, cuchillo, pasador, barca, slip y sandalias. Pese a la demostración efectuada en 1939 por Tailliez ya mencionada, el texto de Doukan (1946), al igual que los matices que tres años antes hacía Devaux a su utilidad, viene a demostrar que a inicios de los años cuarenta aún no se había generalizado su uso. Entre nosotros y en la misma línea, A. Travé las describe entre los accesorios y no entre los útiles del pescador, porque pese a ser «unos auxiliares formidables de la caza submarina (…), su falta no impedirá a un cazador diestro obtener buenas piezas». Pero no había de transcurrir mucho tiempo para que aletas y escafandra se popularizasen e hicieran accesible el mar al gran público. 

Su evolución reciente viene siendo definida por diseños más eficaces, concebidos para ofrecer diferentes prestaciones. Las aletas de pesca modernas que puedes encontrar en cualquier tienda de pesca submarina, han aumentado considerablemente la longitud, tomando como modelo las utilizadas en la competición de natación con aletas, e incorporan nuevos materiales, especialmente en las palas, como plásticos, resinas y carbonio.

Traje isotérmico

A inicios de los años cincuenta se produjo una auténtica revolución en el mundo de la pesca submarina: el traje isotérmico significaba la victoria sobre el frio, ya se podía pescar todo el año y sin más límite de tiempo que las propias fuerzas. 

Los primeros pasos experimentales sobre materiales poco adecuados como el caucho vulcanizado explican las resistencias iníciales. El Boletín de la Asociación de Pesca Submarina de Barcelona (APS) -al que luego nos referiremos-, en el número correspondiente a mayo de 1949, comentaba jocosamente la novedad técnica «un traje de goma, al parecer muy bien resuelto, que venden en Francia para los infelices faltos de grasas». La estampa, entre patética y divertida, que lucen los primeros usuarios, agarrotados por la dureza de un material lleno de arrugas que parece exigir al cuerpo que sea él quien se amolde, explica el inicial escepticismo. Pese a ello, el invierno de 1950, E. Admetlla, Foret o Guignet pescan con trajes de goma que se fabrican a medida en Marsella y, poco después aparecerán los primeros de fabricación local. 

El salto hacia adelante se produjo en 1956 cuando G. Beuchat importó por vez primera el neopreno de los EEUU. En 1961, Nemrod -ya Villarrubís y Sagué S.A.- presentan su traje de neopreno Rubatex-USA. Se atribuye a J.B. Esclapez, que lo utilizó en Perú en 1975, la idea de añadir el forro externo; en realidad, J. Ma. Massó fabrica en Barcelona en 1963, con garantía Turbo-Nemrod, trajes con forro de nilón. A partir de los años ochenta se impone el neopreno expandido con forro externo de licra o nylon que le da mayor resistencia. En la actualidad la oferta es impresionante en cuanto a calidades de neopreno (Yamamoto, Neoflex, Heiwa, Termoflex…) y combinaciones posibles, forrado o biforrado, liso externo, crudo interior, gruesos posibles según la época del año y tonalidades. Cualquier tienda de pesca submarina tiene ya trajes adaptados a todas las necesidades.

Cuchillo

El cuchillo no falta en el equipo de nuestros precursores. No hay que pensar en que se trata de un aditamento tarzanesco necesario en su imagen heroica. Desde un principio existe conciencia de que se trata de un elemento de seguridad del que no puede prescindirse. La dramática muerte de Massimo d’Asta en 1948, degollado por el nilón, fue el primer accidente conocido por no haber respetado esta norma básica. 

Los cuchillos utilizados en la actualidad por los pescadores submarinos tienen poco que ver con los enormes ejemplares que lucían en sus cinturas o con los modernos machetes tipo Rambo, que encantan a los novatos horteras. Se trata de pequeñas y afiladas dagas, que pueden sujetarse igual a la pierna, que al brazo que al cinturón y sirven para rematar el pescado capturado o actividades tan cotidianas como escamarlo y sólo excepcionalmente, quizás jamás, para liberarse de alguna cuerda, sedal u otro impedimento o para cortar el hilo del propio fusil, porque lo inusual del caso no debe hacernos olvidar que una servia de gran tamaño, puede arrancarnos de la mano el fusil o, aún peor, sujeta a nuestra tahitiana y girando enloquecida a nuestro alrededor, convertirnos en una morcilla bien atadita y arrastrarnos al fondo.

Indispensable en cualquier tienda de pesca submarina que se precie.

Pasador y boya

El pasador o porta peces aparece en el equipo de los primeros pescadores. Desde un comienzo se usan los dos modelos que serán clásicos la punta ligada a una cuerda y el aro de alambre; éste último en 1946 ya había sido comercializado por Nemrod. Inicialmente se llevaba sujeto a la cintura, lo cual resultaba incómodo y peligroso. G. Doukan atribuye a pescadores españoles la idea de sujetar el porta pescados a un flotador de corcho mediante una cuerda de varios metros, sistema que permitía al pescador liberarse de la engorrosa carga y recuperarla posteriormente; y, en efecto, parece ser que fue Eduardo Amoedo su inventor allá a mediados de los años cuarenta. 

En el artilugio de Amoedo está el precedente de la actual boya, que no solo constituye un medio práctico de transportar el pescado y equipo -nuestros colegas franceses usan habitualmente la «planche», dispositivo flotante diseñado para que el pescador pueda desplazarse con menos esfuerzo y acoplar el equipo- sino que resulta un complemento de señalización y seguridad imprescindible en unas aguas cada vez surcadas por mayor número de embarcaciones de recreo, patroneadas a menudo de forma irresponsable.

Hay modelos diferentes que puedes encontrar en la tienda de pesca submarina más básica.

Lastre

El lastre en el cinturón tal y como lo conocemos hoy nace asociado al uso de los trajes isotérmicos, cuya flotabilidad lo impone por razones obvias. No formaba parte del equipo de los míticos «gogglers», pero hemos visto, no obstante, como el uso de lastre para facilitar la inmersión es tan antiguo como la apnea, razón por la cual es más que lógico suponer que ocasionalmente ha sido usado en la versión de un simple peso, ligado o no a una cuerda para posibilitar su recuperación. La técnica de descenso lastrado evolucionará rápidamente, como veremos, durante la segunda mitad de los años cincuenta.

Carrete

El carrete, que había estado incorporado a los primeros fusiles de muelle tipo americano, reaparece a inicios de los sesenta aplicado a los fusiles neumáticos de los pescadores brasileños. En la actualidad, se equipan con carrete los fusiles de aire y de gomas indistintamente.

Algo moderno, pero que cualquier tienda de pesca submarina puede llegar a conseguir.

La pesca submarina en España

De los orígenes a los años 50

Las costas francesas mediterráneas durante los años treinta no fueron el único lugar de origen de la pesca submarina. Esta fase pionera, mejor conocida en la Costa Azul, también tuvo sus héroes en Italia o España. Incluso puede defenderse que fue en la Costa Brava donde se introdujo por vez primera esta nueva y extraordinaria forma de pescar. En efecto, con motivo de la Exposición Internacional de 1929, llegó a Barcelona un japonés llamado Tokumori que pescaba provisto de lentes binoculares Fernez y un arpón en el extremo de una caña de bambú de dos metros de largo; nos ha quedado el relato del Dr. J.E. Sala Matas, que le vio pescar en El Estartit, para creer en la existencia de este mítico personaje. Es más, tenemos otro testimonio de la época, nada sospechoso de partidismo por haber nacido en el país vecino: según cuenta J. Bazal en su manual «Chasses sous la mer», publicado en Paris en 1946, habrían sido Tukumori y algunos colegas suyos quienes introdujeron en Francia nuestro deporte, pescando en aguas de Colliure y Banyuls, donde habrían topado con la hostilidad de los pescadores locales, que se estimaban lesionados por ésta competencia desleal. 

Pero los trágicos acontecimientos de la guerra civil provocada por el alzamiento militar del general Franco (1936-1939), explican un cierto retraso en la consolidación de la pesca submarina en nuestro país. Las duras condiciones de vida de la postguerra constituían igualmente un ambiente poco propicio, pero el mar proporcionaba una espléndida oportunidad para evadirse de la miseria cotidiana. 

Catalunya fue, por lo que sabemos, la puerta de entrada. Según parece, un pescador llamado Francisco Mirandés, recién llegado de Francia, fue el primero en usar un fusil en Aigua Blava (Costa Brava) el año 1940. Antonio Detrell, Juan Gimbernat, Marcel Foret, Carlos Martí, Isidro Sistaré, Amadeo Travé, entre otros, realizan increíbles capturas en lugares y a «profundidades» que hoy nos asombran. Antonio Ribera ha descrito el ambiente de los primeros pescadores submarinos catalanes: el Club Natación Barcelona, cuyos miembros del equipo de waterpolo se relacionan con sus colegas de Perpignan de donde proceden los primeros fusiles en 1941. Otro gran pescador, Jorge Monjo, que había construido personalmente sus primeras gafas y arpones, tuvo su primer equipo, comprado igualmente en el país vecino, en 1942.

El periodista deportivo Carlos Pardo, a través de una convocatoria pública en el «Mundo Deportivo», se dirigió a todos los pescadores submarinos de Catalunya; de la reunión que tuvo lugar en el ya desaparecido bar Catalunya, sito en la confluencia de la Rambla y Plaza del mismo nombre, y de posteriores contactos nacerá la Asociación de Pesca Submarina de Barcelona en 1946. Fundada por treinta y cinco socios, un año y medio después ya tenía doscientos dos; fueron sus tres primeros presidentes Antonio Maria Puig, Marcel Foret y Sebastián Vergoñós. El A.P.S. fue el primer club de España y uno de los primeros de Europa; en Francia el mundo asociativo se había iniciado un poco antes, dando lugar a entidades que acogían diferentes actividades subacuáticas. 

El club catalán lucía orgulloso en el propio nombre, la actividad a cuya práctica y promoción se dedicaban sus miembros sin escatimar imaginación ni entusiasmo; como botón de muestra vale la pena traer a la memoria el festival de actividades subacuáticas organizado el 19 de julio de 1946 en la piscina del Club Natación Barcelona, que, junto a prueba de resistencia y natación con palmípedos (sic), incluía la pesca submarina en directo y ante el público. Desde un principio, los pescadores de la A.P.S. mantuvieron relaciones cordiales e intensas con colegas franceses como Doukan, Isy Schwart o Foucher-Créteau y, entre sus socios más ilustres se encontraban el mencionado Marcel Foret, auténtica alma del proyecto fundacional, y Gérard Guignet; éste último, natural de Mónaco, obtendría en 1954 el record mundial de inmersión a pulmón libre a -30 metros. 

Por aquellos años, en todo el litoral de nuestro país se vivirían historias parecidas y las correrías de los pescadores catalanes por Tarifa, Málaga, Granada, Almería, Murcia, islas Baleares, Canarias, etc. contribuyeron a una rapidísima difusión de nuestro deporte. El club catalán tenía asociados en toda la geografía marítima peninsular y el buzón de su boletín recibía noticias de impresionantes capturas realizadas por los amigos andaluces A. Sánchez, Moreno Prieto y el Dr. E. Muñoz, entre otros, o de hazañas como la del joven «goggler» veraneante en Almuñécar, Paquito Dorronsorro que a sus catorce años pescó una lecha de 21 Kg. 

El Dr. Fernando Rubió Tudurí, en una entrevista concedida poco antes de su reciente muerte, afirma haber pescado antes de la Segunda Guerra Mundial muchos meros en aguas de su finca menorquina de Montgofre, con un equipo comprado en la Costa Azul, directamente a los pioneros. Otro menorquín Ramón de Rosselló de la Sínia, pescaba con una barra de acero con gomas como resorte y un hacendado de Maón, apellidado Orfila, acogía a Monjo y Burcet. Más tarde, ya a inicios de los cincuenta, José Florit pescaba con equipo de fabricación propia que incluía fusiles de resorte y elásticos de goma de cámara de automóvil -copiados de modelos ya existentes en el mercado, Tarzán y Nemrod Crucero- gafas y, poco después, traje de goma también de factura artesanal; Pepe reconoce tan solo un fracaso: las aletas. En Mallorca los pioneros eran, entre otros, Gabriel Mas, José Beltrán, Francisco Fuster, Jose Luís Piña, Caffaro, Mateo Noguera y Blas Vidal; el primer club fue creado muy pronto con asesoramiento de la A.P.S. y en 1946 nacía el Club Lube, presidido por Enrique Mus, precediendo en diez años al CIAS. 

El fenómeno no era exclusivo de las aguas mediterráneas. Los madrileños Franco Orgaz y Eduardo Amoedo merecen por derecho propio la consideración de pioneros. El primero, en 1932 construía artesanalmente sus primeras gafas submarinas con plomo, cristal, goma de ligas y esparadrapo y las probaba en las dulces y claras aguas de Pedriza de Manzanares; por aquellos años, provisto de una fítora capturaba pastinacas y perseguía sin desanimarse tordos en Mallorca y en el Cantábrico. En el País Vasco, en 1945, se organizó el primer campeonato de Guipúzcoa en la Concha de San Sebastián; al menos tres años antes, Alessandro Capece, cónsul italiano en la ciudad, pescaba provisto de unas aletas Owen Churchill made in U.S.A., de gafas de un único vidrio oval, respirador y un fusil Fusido. Tenemos constancia del caso de Asturias, donde a comienzos de los años cincuenta, los hermanos Mario, Luis y Emilio Garcíablanco, Timoteo Calahorra, Angel Paraja, Enrique Viña, José Luis Gato fundían cajas de betún para obtener plomo que sujeto a una cinta de lona usaban como lastre y pescaban botones, chopas, lubinas y corvinas hasta que sus cuerpos ateridos por las frías aguas norteñas decían basta. El alemán Adolf Wieber y su compatriota Herta Worman aún no habían comenzado a fabricar en Gijón los primeros trajes de caucho vulcanizado, cosa que harían en la segunda mitad de la década.  

Pronto comenzó a desarrollarse la pesca de competición. En 1943 tuvo lugar en Cadaqués la primera competición de la que tenemos noticia. En 1949 se celebró la Primera Copa Tritón, según la primera reglamentación de pesca submarina redactada por la A.P.S. y ganada en su primera edición por J. Femenia; se concedía a la pieza mayor homologada y, hasta que comenzaron a celebrarse los campeonatos de España, inicialmente denominados inter-regionales, consagraba al campeón.  

Eran los tiempos heroicos de los «gogglers», como se les denominaba entonces, inmortalizados por Muntanyola, dibujante costumbrista habitual en las páginas del periódico barcelonés La Vanguardia. El A.P.S. organiza por estas fechas concursos, exhibiciones y se preocupa por el aspecto legal y normativo; edita un boletín, con una periodicidad inicial mensual, que constituye una espléndida fuente de información. Entre sus deportistas se encontraba en 1948 Sara Pressutto la primera pescadora de la que tenemos noticia. La mujer, a diferencia de lo que está ocurriendo en la inmersión con escafandra, no ha acabado de incorporarse plenamente a la pesca submarina, si bien existen excelentes deportistas en Italia, Francia, caso de Mireille Bouchet o Carol Gouget, y España, donde Berta Martínez por el A.P.S. y Susana Kristiansen por la Real Sociedad de San Sebastián participan habitualmente en las pruebas de los campeonatos catalán y vasco. Podemos recordar también que el equipo japonés presentó a la señora Kine Ko en el mundial de Tahití (1965), que no llegó a competir por cuestiones reglamentarias.  

Rápidamente, la pesca submarina rebasaba sus reducidos núcleos iníciales de practicantes y llegaba al gran público. Amadeo Travé en 1948 escribe el primer manual en lengua castellana, «Caza submarina», publicado por la editorial Juventud. Ernesto Adler realiza el mismo año la primera película «Los lobos de la Costa Brava». También contribuyó a su difusión el que la practicaran personajes populares tan dispares como Raniero de Mónaco, el célebre actor Gary Cooper, Franz Johann, director y actor de la entonces celebradísima revista musical «Luces de Viena» (1947), o Eizaguirre, portero del Valencia, entre otros.  

En el seno del A.P.S. nació en 1953 el C.R.I.S., Centro de Recuperación e Investigaciones Submarinas. La nueva entidad se dirigía a todos los submarinistas atraídos por las posibilidades no deportivas del mar y la afición a los temas científicos y se estructuró inicialmente en tres secciones, marina, submarina e investigaciones. Años más tarde, prosiguió su camino de forma independiente, desgajándose del club materno.  

A mediados de los cuarenta existen ya en el mercado español diferentes marcas que ofrecen material a tiendas de pesca submarina. En 1946 hace su aparición la casa Nemrod, fundada por los hermanos Villarrubís, que fabricara los primeros equipos: gafas Asteria y Tarzán, aletas para pies modelo A.B., protectores de oído (sic) y los primeros fusiles, como hemos visto, de muelles, de elásticos y de aire comprimido. En Catalunya, otras pequeñas empresas ofrecían en esta misma época sus productos patentados, P. Parra o T. Mercadal, su arpón Neptuno. En Mallorca fabricaba material José Beltrán Adell para tienda de pescas submarina, al menos desde 1950. Años después, Juan Comas, un emprendedor e imaginativo mecánico de motos, creaba en Palma de Mallorca la firma Copino; sus fusiles de aire, a partir del Ciento Uno, operativos y con la potencia regulable -los primeros Nemrod, incorporaban la potencia suplementaria mediante una palanca- obtuvieron especial éxito. Hoy resulta curioso observar como la ignorancia de la fisiología del buceo mantuvo en la oferta comercial hecha a los pescadores tapones para los oídos, siendo, hasta bien entrados los años 50, Nohisent y Nemrod las marcas preferidas.

Años 60 y 70

A mediados de los años cincuenta podemos considerar que se inicia una nueva etapa. De la mano de la evolución de la sociedad española, podría decirse que también la pesca aparcó el «biscuter» para conducir el «seiscientos». En efecto, a lo largo de las dos décadas siguientes, la pesca submarina madurará, alcanzando su plenitud en tanto que disciplina deportiva, y adquirirá ante la opinión pública, gracias a los medios de comunicación y a la literatura de aventuras, una imagen no siempre beneficiosa al asociarse a desorbitadas capturas y enormes piezas, caso del Campeonato del Mundo de 1967 celebrado en Cuba, donde se capturaron más de dos toneladas de pescado en dos días, y al uso de sistemas extradeportivos como la pesca con botellas o el empleo de cabezas explosivas en los arpones. Algunos de los más significados protagonistas de aquellos excesos, años más tarde, fustigaron inmisericorde e injustamente nuestro deporte con la furia de los conversos.

Durante los años sesenta y setenta, la pesca submarina evoluciona definida por la consolidación de las estructuras organizativas deportivas y asociativas, el establecimiento de reglamentos, la celebración regular de competiciones nacionales e internacionales, una innovación tecnológica decisiva, la aparición de los trajes isotérmicos de neopreno y el recambio generacional, la entrada en la escena competitiva de jóvenes pescadores que pescan habitualmente por debajo de la cota -20 metros y la consagración de los grandes campeones. 

Mientras la consolidación institucional y la de la alta competición discurrían lógicamente parejas, la Orden del 22 de enero de 1957, modificada por la del 7 de mayo de 1958, reguló por vez primera la práctica de la pesca submarina en España. 

Constituida la F.I.P.S. comienzan a celebrarse pruebas internacionales; en 1954 se celebró el primer Campeonato Europa-África (Sestri Levante, Italia), en 1958 el primer Campeonato Mundial en Sesimbra (Portugal) y el primer europeo tenía lugar en MaliLosing (ex-Yugoslavia) en 1957. Dos años más tarde, en Mónaco nacía la C.M.A.S. En nuestro país, la Federación Española de Pesca y el Club Natación de Palma se hicieron cargo de la organización del segundo campeonato euroafricano (1955); mientras que el primer Campeonato de España, ganado por el mallorquín Bartolomé Piquer en aguas de Palamós, tenía lugar en el año 1956 y el de Catalunya y Baleares se celebraban respectivamente en 1955 (Rosendo Valls) y 1956. 

En 1960 se creó la Federación Española de Pesca y de Actividades Subacuáticas que se estrenó con la organización del Campeonato Mundial de Almería (Gomis 1961); durante éste año, se realizó en Barcelona, organizado por la A.P.S. y el C.R.I.S., el Primer Congreso Mundial de Actividades Subacuáticas. En 1967 se creó la Federación Española de Actividades Subacuáticas, siendo su primer presidente L. Ma. Puyó, y las correspondientes regionales.  

A comienzos de los sesenta las técnicas de pesca se han sofisticado considerablemente. La profundidad exige no tan sólo condiciones físicas sino recursos técnicos y el medio competitivo nacional e internacional hace circular rápidamente las nuevas ideas y materiales. Dos ejemplos, en el VI Campeonato de España (Palma de Mallorca, 1961) se discute sobre las ventajas e inconvenientes de los llamados sistemas «catalán» y «mallorquín»: el primero consiste en llevar el cinturón de lastre ligado a una boya, para facilitar el ascenso desprendiéndose de él en el fondo para recuperarlo posteriormente, mientras que el segundo incorpora lastre al la culata del fusil sujeto a la boya; estas técnicas de descenso lastrado, practicadas también por franceses e italianos -estos últimos ya lastraban sus fusiles en 1955 en el II Campeonato de Europa-, no eran las únicas y en el Campeonato de Europa de 1960, el brasileño Hermany, que se proclamaría campeón mundial tres años más tarde en Rio de Janeiro, se ayudaba de un lastre suplementario sujeto a la boya por una cuerda para descender más rápido los primeros 15 metros y remontar sin esfuerzo, pescando de este modo a -30.  

Por estas mismas fechas, franceses e italianos aparecen usando el tridente, eficaz para tiro corto e instintivo sobre pez pequeño y en agua sucia, que había sido considerado tradicionalmente por nuestros pescadores más propio de principiantes. Durante la Semana Grande de Ustica (1962), en la que Maiorca establecería el record de inmersión a pulmón libre en -51 m. y Noguera recibiría el Tridente de Oro, los fusiles de aire comprimido españoles Nemrod y Copino son los mejores, los franceses utilizan tan solo de muelle y los italianos, pese a disponer del potente Alcedo y presentar Mares su última novedad en fusil de aire y agua, el Súper-Jet, no superan a los nuestros, que mantienen el prestigio conseguido años antes en el mundial de Sesimbra (Portugal, 1958).  

España obtiene los primeros galardones internacionales: Mairata, Pol y Bonet se hicieron con el primer campeonato euroafricano (Bastia, 1956); Bernardo Martí es segundo y nuestro país primero por equipos (Martí, Dolç, Noguera) en el Campeonato Mundial de Malta (1959) y el mismo equipo es subcampeón en el europeo de Sicilia (1960); en el mundial de Almería (1961), Gomis es primero, Noguera segundo y España vencedora por equipos; Gomis vence en dos ediciones del euroafricano (Ustica 1968 y Mallorca 1970).  

Los pescadores mallorquines -a los citados habría que añadir otros como Muntaner, Ballester o Piquer- sientan las bases de su tradicional superioridad, tan solo Noguera y, en ocasiones, algún otro catalán, Sánchez Madriguera o Boronat, el menorquín Florit o el vasco Aldecoa pueden plantarles cara. La situación no ha variado desde entonces y, con el tricampeón mundial (Cadaqués 1973, Brasil 1981, Muro 1985) José Amengual, que había debutado en el campeonato de España en Rosas 1963, a la cabeza, los Ramón, Carbonell, March, Sans, etc., han tomado el relevo y ejercen su hegemonía desde entonces.  

Pero el excelente nivel alcanzado en Andalucía, Cantabria, Catalunya, Menorca, Valencia, etc., permite, de tanto en tanto, que las primeras plazas hayan sido y sean copadas pescadores como Lachica, Prieto, Gordo y Pérez, Rosselló, Ferrer, respectivamente. Mención aparte merecen los dos mejores pescadores de la actualidad, el asturiano José Viña, dos veces campeón de España (Gijón 1994; San Sebastián 1995), campeón de Europa (Peniche, Portugal 1993), campeón y Subcampeón del Mundo individual (Illo, Perú 1994; Gijón 1996) y en las dos ocasiones por equipos; y el mallorquín Pedro Carbonell, sobrino del mítico Amengual, con sus títulos de Campeón de España individual (La Coruña 1990; Sant Andreu de Llavaneres 1996) y por parejas (Benalmádena 1989), Campeón de Europa (Benalmádena 1990) y del Mundo individual (Gijón 1996, Tahití 2000) y por equipos (Ilo, Perú 1994; Gijón 1996; Tahití 2000).  

El pescador submarino tiene ahora donde elegir su equipo en las inumerables tiendas de pesca submarina, pues la proliferación de marcas le ofrece en el mercado gran cantidad de material. Si bien es cierto, y lo hemos visto, que lo fundamental del equipo había sido definido rápidamente, no lo es menos que la oferta ha ido incorporando novedades, respondiendo a exigencias dictadas por nuevas técnicas de pesca y el cambio de comportamiento de los peces, cada vez más esquivos. Pese a la perfección alcanzada por los equipos de serie, es común observar, en el circuito de competición especialmente, la existencia de «soluciones» no comercializadas con las que los pescadores «personalizan» su material y extraen partido de su propia experiencia, prosiguiendo la tradición de los «gogglers». 

En la actualidad, fabrican sus productos en nuestro país Nemrod, Practisub, Inosub, Picasso, Marc Valentin en competencia con las grandes marcas italianas Cressisub, Mares, Omer, Seac, Technisub, etc. y francesas Beuchat, Sporasub-Dessault, Sclapez, Cavalero, Scubapro, Topstar, etc. 

Todas ellas disponibles al alcance en cualquier tienda de pesca submarina del mundo.

Presente: ¿un pasado sin futuro?

Desde una perspectiva estrictamente deportiva no cabe ninguna duda de que la pesca submarina goza de espléndida salud. La evolución técnica, el número de practicantes y de clubes y los éxitos de nuestros campeones en la competición internacional así lo demuestran: la inteligencia y la intuición definen los nuevos tipos de pesca, la preparación física y mental permite bajar más que nunca, Carbonell, Viña y March son los vencedores en los tres últimos campeonatos de Europa y el equipo español es campeón de Europa y del Mundo. Pero no es mirándonos exclusivamente a nosotros mismos como entenderemos la situación presente y afrontaremos el futuro en las mejores condiciones. Hay que sacar la cabeza de debajo del agua y reflexionar. 

La historia de la pesca submarina no se ha escrito aisladamente, sus protagonistas la vivieron inmersos en los problemas de su tiempo. Así ha sido y así será, pero, hoy más que nunca, su evolución vendrá marcada por la evolución sociocultural y, desde los años ochenta, por la irrupción del pensamiento ecologista. La pesca submarina ha de revisar su propio comportamiento y recuperar sus esencias, definir una nueva ética, a la vez vieja y nueva, de raíces deportivas, lúdicas y ecológicas. 

Sólo así pude alinearse junto a los defensores del mar, su fauna y flora, como patrimonio de la humanidad, desde una perspectiva científica y defenderse sin complejos del ecologismo irracional. Porque la amenaza reside en el falso ambientalismo, en el integrismo fundamentalista de lo que ha dado en llamarse ecosofia, en quienes tienen como argumento supremo satanizar y criminalizar la captura de un pez. Mejor dicho, el peligro reside en el crédito que le conceda la opinión pública y el uso que de esa presión hagan determinados sectores de negocios y, sobretodo, Administraciones timoratas y ávidas de chivos expiatorios y golpes de efecto. La suspensión del Campeonato Mundial que debía haberse celebrado en el Cap de Creus (1992) y la prohibición -afortunadamente ya derogada- de practicar la pesca submarina en la costa gallega son dos ejemplos recientes y suficientemente explícitos.  

Es radicalmente necesario denunciar las causas reales del empobrecimiento de nuestros mares, la sobreexplotación por la pesca industrial, la contaminación y la sobresaturación de la costa. Tanto como explicar en qué consiste nuestro deporte y cuál es su real incidencia sobre la fauna marítima. Esta es la cuestión fundamental para situar la cuestión en sus justos términos y olvidarlo y enzarzarse al tiempo en debates sobre cómo, qué y dónde debemos pescar equivale a hacer nuestro el autolesionismo.  

Pero la pesca submarina hoy, al igual que a lo largo de su historia ha ajustado su comportamiento al desarrollo tecnológico y a la modificación de los hábitos de los peces, debe ajustar su práctica a las preocupaciones socioculturales dominantes. Por ello, en un mundo irremediablemente mediático, debemos afinar nuestro mensaje, cuidar nuestra imagen y, lo que es aún más importante, depurar nuestro comportamiento desde la nueva ética de la pesca submarina. Desarrollar una nueva sensibilidad, mucho más respetuosa con la legislación, reglamentaciones, tallas mínimas, etc.; erradicar la venta del pescado; aprender a convivir con vedas y zonas protegidas no discriminatorias, etc.; estudiar nuevas normativas para las competiciones (determinación y preparación de zona, sistemas de puntuación…); limitar el peso máximo de las capturas por pescador y día; acotar el uso de ingenios mecánicos y electrónicos, etc. son medidas a estudiar en un proceso de autoeducación que deberían promover los propios pescadores, clubes y federaciones. A.P.S. y C.R.I.S. ya dieron ejemplo a fines de los años cincuenta promoviendo, no sin polémica en su momento, la prohibición de la pesca con escafandra.  

Los ataques que recibe la pesca submarina desde posiciones genéricamente denominadas «ecologistas», a menudo conducen al pescador a una actitud recíprocamente hostil e indiscriminada. Es un grave error. Con los ecologistas auténticos compartimos el amor por el mar y la naturaleza y el objetivo básico: su defensa. Debemos distinguir entre enemigos y amigos o amigos potenciales. Por convencimiento y por supervivencia debemos sintonizar con los tiempos que vivimos y la educación medioambiental debería acompañar a la formación técnico deportiva en todos los cursillos que se ofrecen a los pescadores submarinos. Junto al cumplimiento de la normativa sobre zonas, fauna y material, el pescador debe aprender a ser igualmente respetuoso en sus hábitos; por ejemplo, evitar vertidos de aceite o gasolina de los motores, regresar a puerto con los desperdicios, plásticos, latas, etc. o no arrojar las pilas de las linternas al agua, etc.  

Volver a pescar por el placer de pescar y hacerlo convencidos de que protegiendo el mar nos aseguramos el futuro; entender el mar como patrimonio colectivo a disfrutar y a transmitir a futuras generaciones. He aquí la clave y el punto de encuentro con todas las disciplinas deportivas que lo disfrutan, cada una a su manera, y con las actividades profesionales que encuentran en él su sustento. Como no existe un pescador que no sea un enamorado del mar, conseguirlo no es una utopía.  

Siempre y cuando lleguemos a tiempo…